El escribitor.

«Escritor no te hicimos; te pedimos escribidor. Te fuimos soñando rápido, corto, esclavo de nuestra necesidad de decir. De decir sencillo y hondo. De decir doloroso. De narrarnos la memoria y el amor. No te pensamos escritor lejano ni intelectual prestigioso. Porque escribidor te fuimos necesitando». Tomado de aquí

No hace mucho leí un artículo donde mencionaron la palabra escribidor, ese concepto se refiere a una persona que es considerada como: «mal escritor», aunque también designa los que son considerados como escritores prolíficos; sin embargo, en la actualidad, eso también está mal visto, en algunos casos, como sucede con los escritores de bestsellers , tipo Cohelo, E. L. James,  Stephenie Meyer o Dross y sus caterva de booktubers. Perece que ellos encarnan todo ese mal del que huimos del consumo, de una sociedad que fluye muy rápido porque escriben algo como la comida rápida (hamburguesas, pollos fritos y pizzas) cosas grasosas, dañinas para la salud y que el cuerpo no requiere; más acepta y desecha rápido, justo como los escritos de este tipo de personajes. Lecturas que ofrecen lugares comunes a la gente, fórmulas ya hechas, nada complejas para que sean leídas en una sentada sus libros con personajes planos, clichés y que no respresentan un reto para el lector.

Claro, no hay que ser tan apocalíptico, por fortuna para algunos todavía existe una figura que logra usar palabras archirreconodias y neologismos que son materiales de derribo verbal, para crear obras que no pasarán, que no morirán porque son un ejercicio de extrañamiento que nos permite leerlo, releerlo y sacarle jugo en cada lectura, en cada ocasión que nos acercamos a su obra; la obra de un tocado por las Musas, un profeta que escribe, más no sabe qué escribe hasta que se pone a leerlo, hasta que se vuelve lector de un yo-otro y comienza a corregir a ese yo-otro para pulirse y entregar una obra de arte.

Una idea muy romántica, una idea donde no se le permite morir al autor, como diría Roland Barthes en su ensayo: “La muerte del autor“. Donde apela a justo aniquilar esa idea de un ser tocado por la divinidad o un ser con un don excepcional que lo eleva por encima del vulgo. Creo que sería como dice la cita con la que abro esta reflexión (chaqueta mental) donde se refieren a Eduardo Galeano: «No te pensamos escritor lejano ni intelectual prestigioso. Porque escribidor te fuimos necesitando», una forma de reivindicar el papel del escribidor como un “escritor del pueblo y para el pueblo”; ya que eran «esos personajes dispuestos delante de sus underwoo y de sus remington de museo, que [atendían] a sus clientes bajo la sombrilla […], para escribir bajo petición, cartas de amor, duelo, recomendación, documentos oficiales, etc». Gente letrada que ayudaba a los analfabetas a comunicarse.

A pesar de eso, la palabra desea quedarse con el término peyorativo y la gente desea conservar al escritor como ese ser único y alejado de ellos. Pues… Yo digo que… ¡Al carajo con los dos términos! Y mejor busquemos un punto medio, procediendo de forma aristotélica, hay escritores que escribieron mucho y son sublimes y además venden, o ¿qué no acaso Gabriel García Márquez no es un bestseller con Nobel; o Tolkien, que escribió de forma tan compleja que derribó con fuerza los límites de lo verbal (sin contar obvio con el hecho de que inventó las lenguas de su universo) y también es bestseller o Asimov, un autor prolífico con historias bien engrasadas; o, para finalizar, Borges, un erudito al que cualquiera puede acceder, por los diferentes niveles de lectura que permite su obra?

Así que debemos dejar los extremismos y fanatismos, para acceder a un equilibrio, para ser escribitores. Propongo que es escribitor sea como Remi, la rata de aquella película que prepara el platillo más sencillo de todos, pero que lográ elevar el paladar de un crítico muy estricto, tanto que este desea seguir comiendo de lo que la rata cocine.

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